El otro día estábamos mi hija y yo en un parque. Ella estaba jugando ¡feliz! Brincaba, agarraba piedritas, las aventaba (sin lastimar a nadie), subía y bajaba las bancas, cantaba, bailaba, volvía a brincar… en resumen, estaba gozando.
Cerca de nosotras, una señora mayor con el que parecía ser su nieto nos volteaba a ver divertida y al mismo tiempo asombrada. El niño de quizá 4 años tenía una carita de alegría viendo a mi hija correr y ensuciarse, y no tardó mucho en empezar a jugar también, hasta que recibió la advertencia de su abuela “ya deja de hacer eso que te vas a manchar”, le dijo.
El niño, como es natural, paró un rato y luego volvió a subir y bajar la banca. A los pocos minutos, llegaron sus papás, una pareja joven, y le ordenaron que se estuviera quieto y se sentara. A él no le quedó mas que obedecer viendo a mi hija con carita de niño en juguetería sin poder tocar un solo juguete.
La abuelita me veía con cara de “pobre mamá” hasta que finalmente me dijo: “Su hija es tremenda ¿verdad? ¡No para!”
Su juicio me hizo preguntarme… ¿De dónde viene esta necesidad de los adultos de controlar a los niños, de no dejarlos SER NIÑOS? ¿Por qué se nos olvida que el juego es la mejor manera de APRENDER? ¿Qué pasaría si nos volviéramos un poquito más niños y aprendiéramos de ellos el deleite del momento? ¿Qué tal si volvemos a JUGAR y a coquetearle a la vida?
Imagínate VIVIR más en el ahora y menos en los conceptos…
Qué bueno que podemos ELEGIR abrirnos y aprender de nuestros pequeños el arte de jugar y ser feliz, ¡son grandes maestros con Doctorado en el tema!